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domingo, 3 de noviembre de 2013

Cuento individual / Jirafa-oveja / Esther De León

Christian y su hermano menor Luis vivían solos en una casita de adobe a las afueras de la ciudad. Christian, de 22 años, trabajaba de alfarero y era casi como un padre para Luis; este, por su parte, estaba a punto de comenzar la secundaria.
La emoción de Luis era evidente: cuando fueron a comprar los útiles al mercado del centro estuvo brinque y brinque, corre y corre, pidiendo que si una mochila morada ¡no! Mejor una azul. También quería cuadernos decorados ¡zaz! Tropezó con una muchacha alta de cabello rojo, vestida de negro y que se mantuvo seria pese al golpe.
—Perdone señora…
—Señorita –aclaró alzando una ceja. En eso llegó Christian corriendo.
—Disculpe usted señora, es mi hermano y ha salido disparado…
—¡Señorita Tiffany! —les dejó en claro, a punto de gritarles— Váyanse de aquí si no van a comprar nada —. Los miró de arriba abajo.
La chica debía estar por ir a su descanso para comer porque otra, igual de sombría pero bajita, tomaba su lugar. Fue entonces que Christian leyó el letrero del puesto: Magia y hechicería de las hermanas Jiji. Tragó saliva. “Vayámonos”, pensó, halando a Luis del brazo.
Volvieron a casa hasta el anochecer, cargando un montón de útiles y chucherías. Los hermanos decidieron hacer una especia de picnic en su patio, a la luz de las estrellas. Acabando de cenar "¡Ah!" con un bostezo Christian indicó que moría del sueño. Luis quería seguir contemplando el cielo y prometió que no se dormiría tarde.
A la mañana siguiente a Christian lo despertaron unos lengüetazos en el rostro. Se incorporó rápido, alarmado, solo para descubrir un animal muy raro (como una oveja fusionada con jirafa) llenándole la cara de babas. ¡Eugh! Él solo había visto una de estas “alpacas” en toda su vida, y eso porque los vecinos eran gente extraña y tenían una por mascota. Emocionado por tan curioso encuentro, buscó a Luis por toda la casa… pero no estaba en ningún lado.
Miró al animal. El animal le miró de vuelta, con sus enormes ojos de hermosas pestañas, idénticos a los de Luis ¿acaso será que…?
—¡Luis! ¡Te has convertido en una alpaca! —exclamó Christian.
—Meeeh —respondió la alpaca. ¡Pero qué tragedia!
—Luis, hermanito ¿entiendes lo que digo?
—¡Meeeh! —se apresuró a decir Luis-alpaca.
—¿Quién te haría algo como esto?
—¡Meeeh meeeh! ¡Meeeeeeeeh! —contestó con toda seguridad la alpaca.
Este era un problema serio: si Luis se quedaba así ya no tendría una vida normal ni podría ir a la secundaria ¡Y el tan emocionado que estaba por eso! Luis-alpaca miró a Christian con tristeza y lanzo un largo “meeeeh” con el que indicaba que no, él no quería quedarse así.
Fueron al mercado a ver a las brujas Jiji. Si ellas no habían sido las responsables, seguro sabrían qué hacer.
—Buenos días joven, ¿en qué puedo servirle? —saludó una brujita muy guapa.
—¡Devuelve a mi hermano a la normalidad! —fueron las palabras exaltadas de Christian.
—¿Disculpa…?
—¡Meeeeh meeeeeeeh! —Como si se tratara de un poderoso grito de guerra, al pronunciar esas “palabras” Luis-alpaca tomó en su hocico un frasco del mostrador y salió disparado como rayo, con Christian siguiéndole el paso.
—¡Vuelvan acá, ladrones! —reclamaba Sandra Jiji. Enseguida salieron tras ella Tiffany y Teresa, sus hermanas chaparrita y pelirroja, respectivamente. —¡Vuelve! ¡Ladrón!
A las puertas del mercado todos tropezaron con alguien y cayeron uno tras otro como fichas de dominó.
—¡Hola Christian! —dijo desde el piso, y muy sonriente, Luis-humano. —Me ha ido de maravilla, la secundaria es fenomenal. Me hice amigo de un niño que se llama Sergio y… —Luis se calló al notar la extraña situación en que estaba. Luego preguntó “¿Qué hace aquí Benito?” mientras le sobaba la cabeza a la alpaca. Christian se quedó de piedra: ¡Con que esa era la mascota de los vecinos! Mientras, Sandra, Tiffany y Teresa se retiraron discretamente, murmurando cosas como “descubrió que nuestras pociones son falsas” y “¡shh! ¡claro que no! camina, tu camina”.
—¡Oh! Perdón Christian, hice que derramaras tu jugo… —se disculpó recogiendo el frasco que Benito había dejado caer.
Christian no sabía qué decir y se estuvo callado buen rato, escuchando que si Sergio esto, que si la maestra de matemáticas aquello. Luis se había ido a la escuela y la alpaca había entrado a casa de noche, por la puerta del patio. ¡Qué evidente resultaba todo ahora! Se quedó escuchando a su hermano, camino a casa y a devolver a la alpaca a sus dueños.


Fin

Cuento colaborativo / Mimí se corta el cabello / De León, Barraza, Carillo

Mimí se corta el cabello
Esther Alicia De León Apilcueta
Con la colaboración de Carillo Sifuentes y la de Barraza Silva
Un día después de llegar de la escuela Mimí se cambió de ropa para salir a comer con su abuelita y al quererse soltar el cabello algo pasó: quitándose la liga se le había hecho un gran nudo. Desesperada, tuvo un pensamiento que la entristeció.
Mimí fue a la estética y le dijo a la estilista “¡Corte a rapa por favor!”. La chica estaba jugando; lo que no se esperaba es que la persona que le atendía le hiciera caso… ¡si todos sabían que Mimí amaba su pelo largo, sedoso y ondulado! ¡Qué desgracia!
Al día siguiente la gente señalaba a Mimí en la escuela. Aquella mañana, en matemáticas, José pensaba confesársele… al verla cambió de opinión. Decepcionado, decidió que se iría a vivir a Japón, lejos de todo (claro que no lo hizo, si bien lo intentó, a diferencia de la estilista, en el aeropuerto no le hicieron caso).
Cuando Erick, hermano de Mimí, la vio con el cabello corto comenzó a regañarla creyendo que se trataba de una más de sus travesuras. Después de rato que la situación se aclarara, Erick le propuso a su hermanita que ahorrara para comprarse algo qué usar en su cabeza. Porque no iba a seguir yendo con la calva a la escuela ¿cierto?

Mimí comenzó a juntar para comprarse unas extensiones de cabello natural, pero al cabo de un mes no consiguió más que 100 pesos, así que se vio en la penosa necesidad de ir a Sal si puedes. Suspiró. ¡Bueno Mimí, al menos tendrás cabello de nuevo! Aunque se comprara una peluca “chafa” Mimí estaba feliz porque tenía cabello otra vez.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Calaverita literaria / a la maestra Minerva, a la maestra Cecilia / Esther De León

Click para ver en grande.



Elogio a la H / Esther De León

A la H

¿Qué sería de nosotros sin la hache?
¿dónde quedaría el delicioso tepache?
Pues la ce sin hache suena tan sola,
no es ni chévere ni chida, no mola.

La hache en su nombre se usa dos veces
y aunque hace que en ortografía tropieces,
no me imagino un español sin ella,
para mí, es como del cielo una estrella.

¡Oh! preciosa hache de 4 ángulos rectos,
no encuentro yo en tu forma defectos,
ejemplo de perpendiculares y paralelas,
eres el coco en las escuelas.

La hache inicial decora como sobrero,
y siendo hermosa, adorna lo que más quiero,
por eso la uso al principio en "Heloísa",
mi amiga que siempre me saca una sonrisa.

Sin la hache nunca podría llegar la hora
de que la muchachita se haga señora,
les recuerdo: el amor se hace con hache,
se gime con ah y oh, en noches azabache.

No sé porque hay quien la odia y detesta
¿cómo que la gente la encuentra molesta?
¡Sin ella no hablas! ¡sin ella no hay nada!
Sin ella no hay héroes ¡por algo fue creada!

Letra con que escribes hijo y hermano,
honorable, indispensable para el hispano,
a quien pretenda olvidarla le recuerdo...
con ella saludas ¿estamos de acuerdo?

lunes, 28 de octubre de 2013

Frases guillotinadas / Ya no quedan esperanzas de vivir / Julio Cortázar, Esther De León

El living de casa es muy grande, pero de ahí a pensar que Roberto era presumido es otra cosa. La decoración es minimalista, muy elegante. Hay pocos muebles y eso deja mucho espacio para moverse cuando los parientes y los amigos vienen a tomar una copa, discutiendo poemas y otras cosas de alto caché.  Yo en el sillón al lado de la lámpara y mi mujer casi siempre en la silla baja cerca de la fogata, así es como solemos acomodaros. Mesas no hay más que una, larga y angosta, que usamos para poner nuestros pastelillos y aperitivos. Se puede circular cómodamente, mirar los estantes de la biblioteca y sentarse en la banqueta adosada a la derecha de todo.

Creo que Roberto iba precisamente a sentarse cuando en mitad del living comienzan a caer unas gotas de agua. Todos miramos al techo, que apenas notamos estaba húmedo. Serían las veintidós o las veintidós y diez, Pablo y los Mounier dicen una cosa y mi mujer otra. Ninguno de ustedes sabe la hora exacta. Serían las veintidós y cinco para no errarle. De todas formas el forense tiene la última palabra en ese aspecto… Y Lo que importa es que precisamente en ese momento Roberto iba a decirle algo a la señora de Cinamomo, como si la quisiera distraer, o como si no estuviéramos hartos ya de oír de sus negocios en Francia.

Había sacado un cigarrillo y se lo estaba poniendo en la boca cuando encalló y volteó al lugar de donde provenía un curioso crujido. Todos oímos el golpe y mi mujer levantó la vista del tejido y miró a Roberto como si no pudiera creer que aquello estaba pasando. Los Mounier que estaban sentados en el suelo cerca de la chimenea también se espantaron y miraron mutuamente. Yo que tenía en la mano la copa de vino que serví a mi mujer la rompí del impacto. Un golpe sordo y Roberto encallado y mirándose los pies como si fuera algo tan extraño (y lo era). Pero no se atrevía a voltear a ver aquello… o eso creía yo.

Mi mujer siempre había dicho que ahí en el medio del living podía ocurrir una historia de asesinato. Pero nadie se lo imaginaba de esta forma. Pablo no, Pablo estaba seguro de que nunca atraparíamos a Roberto en malas movidas. Por mi parte no me gusta meterme, aunque debo decir que Roberto hubiera podido muy bien tener empalados en sus gruesas paredes a los desaparecidos del pueblo. No sé, era una persona medio tétrica.

Reconozco con todo que sin previo aviso es comprensible que un hombre como yo cambiara su opinión. Como dije, no me gusta meterme, pero ver caer un cadáver... es algo excepcional. Debía ser muy raro con el cigarrillo en la boca, porque se lo sacó y lo sostuvo entre dos dedos mientras trataba de articular palabra alguna, nervioso. La señora de Cinamomo no parecía haber encontrado nada más inteligente que hacer señas con las manos, indicándonos que llamáramos a la policía o algo. Los Mounier desde el suelo podían ver mejor y cambiaban impresiones en voz baja. Me voltearon a ver de reojo, pero no hice caso.

Parecía ser el pie izquierdo porque Roberto se echaba hacia atrás apoyándose en los muebles. ¿Entonces se había golpeado con el concreto que cayó? No dije nada, todavía estaba confundido.
-Habría que llamar a la policiía -dijo mi mujer después de un largo rato. La voz le temblaba.
-Esperá un poco si -aconsejé yo que por principio seguía confundido, pero con una sospecha en mente.

A veces todo parece tan grave y al final nada. Por eso traté de no adelantar conclusiones.

-Quién sabe la profundidad que puede haber en esa parte del cuarto -dijo Pablo, como si todos nosotros no estuviéramos ya sospechando e imaginando cosas raras. A mí siempre me ha fascinado la palabra toesas, desde pequeño. Así que noté que los policías que llegaron más tarde medían todo en esa extraña (y antigua) unidad de medida…
-Tire el cigarrillo, porque eso con el olor putrefacto del cadáver da un asco tremendo -sugirieron los Mounier mostrando un gesto de desagrado mayor.

Por el hoyo del techo observe una pintura muy peculiar, era un puerto.Y también balizas, escollera, bajamar, galerna, mesana y demás objetos del mar. Probablemente por miedo a un incendio que no haría más que sacar humo (pues había mucha agua) fue por lo que voltee a la pintura. Comenzaba a divagar.

No eran todavía las diez y media y Roberto podía confiar en que los polícias hicieran un buen trabajo. Todos moríamos de hambre, Pero a nadie se le iba a ocurrir acercársele con la bandeja del café, máxime cuando ya  todo estuviera más calmado.
Y en cuanto llego el jefe de policías, todos comenzaron a hablar. -Fragor, como si -dijo Pablo, que de todos modos era el menos indicado para hablar del incidente. Desde donde estaban, los Mounier podían juzgar el avance de todos los detectives, y al parecer no era el único al que le parecía que algo malo sucedía.

Yo creo que gritó una o dos veces, pero en esos casos es difícil recordar de la impresión. Gusanos. La sala comenzaba a infestarse de ellos.
-Habría que echarle un cabo -dije yo que en esos casos- o tal vez si la alcanzáramos el mango de una podríamos lograr que se le lleven de aquí- lo que quería era que nos deshicieramos ya de ese cadaver que, daba asco. Parece tan simple, pero en un living no es como si parasaran ese tipo de cosas todos los días. -Cualquier cosa para deshacernos de eso servira-dijo la señora de Cinamomo, mientras- porque lo importante es hacer algo a fin de que no salgamos dañados nosotros. Dijo eso, exactamente, como si nosotros fueramos a llevarle la contraria. Al menos comenzabamos a hablar.

Veinte para las doce. Ya para entonces los Mounier estaban seguros de que los dos pies de Roberto estaban mal.

Los detectives intentaban sacar el cadaver, nada. -No creo que funcionen, se ve que esta atascado-dijo Pablo, que de todos nosotros era el más práctico, pues había sido marinero. Comenzó a darle varias ideas a los detectives de como mover el cadaver sin romper los huesos, escuchandoló Pensé que hablaba de las bombas de achicar, porque en efecto la tubería tenía agua, caía sobre nosotros y podría ser saber donde estaba la de la casa.

Al final se había decidido a tirar el cigarrillo, probablemente para poder concentrarse mejor, pues el humo nos distraía a todos. Y precisamente distrayendome es como me fije que la estancia también tenía más pinturas. En una de ellas un hombre, Se lo veía como un bastoncillo blanco que oscilaba y una copa de vino. En esos casos se piensa en una gaviota, nunca en el alción que es mucho menos relevante, aunque por alguna razón esa pintura me lo recordaba.
-Si ha tenido tiempo de transmitir la latitud a toesas-dijo Pablo, como si fuera lo más normal del mundo. Parecía que me había perdido de algo.Yo pensaba en dos palabras: mensaje inalámbrico, que en estos tiempos ya no se usaba, o esto había sido planeado.

A mi mujer le parecía que las rodillas de Roberto estaban lastimadas. A mí también, pero para qué alarmar cuando todavía no estaba seguro de quien era el verdadero culpable. Tal vez telefoneando, pero si había que explicar que hacía yo hablando a estas horas, sería difícil.
A los Mounier se les había ocurrido alcanzarle una silla aunque debía parecerles un poco extraño, no dijieron nada, solo le ofrecían asiento a nuestro anfitrión. Con los Mounier nos conocíamos, pero no había tanta confianza como para discutir quien era el asesino (por que no era acccidente).

-Le llega a la cintura, y eso que lleva pocas horas-dijo Pablo, con esa manera de hablar tan prepotente en el, como si supiera más que los policías.

Mi mujer clavó las agujas en el ovillo y me miró, tal vez para que yo captara que había algo más de lo que pasaba. No era tan fácil, en primer lugar había que comprender las  señales de los Mounier y de mi esposa, Todos disimulábamos para no afligir más a Roberto, aunque fuera su esposa solo fingía que le dolía.
Volvió a entrar ofreciendo café, pero la ignoramos. Además no era cosa de que escuchara la sirvienta, porque ya se sabe que los de fuera no tiene mucho estatus. Y por si fuera poco los perros comenzaron a aullar. Desgraciadamente los aullidos eran cada vez más fuertes y no me dejaban escuchar a los demás.
-Son los albatros, me acuerdo de una vez en que los ví-decía la señora de Cinamomo y señalaba hacia la pintura que hace un rato observe. Unos de los Mounier empezó a hacer movimientos natatorios sin darse cuenta de que sus señales eran muy obvias, El otro, más consciente de los dos me señalo los zapatos de los policias. Yo aprecié el gesto, porque en una casa de gente educada había que ser eso, educados, discretos.

-Uno se pregunta si no valdría más que de una vez por todas -dijo mi mujer mirando a Roberto. Expresaba el sentimiento unánime de todos los presentes, teníamos que hacerlo.
Pablo fue a cerrar mejor la ventana y las puertas, porque si  alguien salía arruinaríamos la escena del crimen. Comenzaba a sospechar. Aunque se notaba que cada vez quien era el culpable.

Se escuchaban las tripas hasta acá, La palabra sería borborigmo, No es una bella palabra, aunque la sinceridad obliga a una persona a hablar así.
-Se diría una medusa que empieza a nacer -murmuró la señora de Cinamomo que siempre hacía sus conjeturas ella sola.

El cadáver no lucía fresco ahora que lo veía bien. Un poco, sí, porque el pelo aun estaba ahí. Como finísimos dedos abriéndose y cerrándose con elegancia, así se movían los gusanos por la piel.

Mi mujer salió llevando la taza de café sobrante, y a todos nos pareció que era el momento, el mejor distractor. Son esos gestos que uno agradece sin palabras, porque te permiten hacer lo correcto.
Al fin y al cabo en una casa como la nuestra en que nada nunca pasa esto era totalmente nuevo. Lo culpamos a él, Roberto había asesinado a su esposa y había comprado a los policías  Eran de sus navegantes de barcos mercantes.

Nadie podrá decir que no se hace lo posible para lograr la justicia. Al final, todos acompañamos a su esposa. 

Frases guillotinadas / La hoguera donde arde una impura / Julio Cortázar, Esther De León

Fue el primero en acusarme de haber mordido a Narciso. Me acuso aun Sin pruebas y quizá doliéndole, pero había los que gozábamos de hacer sufrir al que amábamos, y eso era algo que Elliot, el hermano de mi Narciso, no lograba entender. 

Y se sabe en un pueblo perdido entre las montañas, un lugar olvidado por Dios, la gente es poco accesible para ese tipo de temas. El tiempo pesa inmóvil y sólo cada que alguien se digna a enseñarles están dispuestos a intentar aprender, claro, que esas Gentes que viven de telarañas, de lentas vidas en las que nunca pasa nada es difícil que entiendan a los jóvenes. 

Acaso tienen corazón pero cuando hablan es como si no lo tuvieran. ¿De qué podía acusarme si solamente habíamos hecho lo que cualquier pareja? Ver para creer. Seguía ahí, reclamándome, y yo aun preguntándome el por qué lo hacía. Imposible que el mero despecho, después de aquella discusión de la otra vez habíamos quedado en paz. 

Morder en el amor no es tan extraño cuando se ha amado con tanta pasión como la que ambos sentimos. Yo había gemido, sí, y en algún momento pude oírlo a él hacer lo mismo, al fin y al cabo de eso se trataba.
Después no hablamos de eso, él parecía orgulloso de poder ver mi cuello, mis muslos con marcas que él mismo había provocado en medio del acto. Siempre parecen orgullosos si gemimos, pero entonces al ver su rostro comprendí que él era diferente, necesitaba algo que durara más.  

Bajo la luna en las arenas enredados y oliendo a rosas es como acabamos, la segunda noche en que nos descubrimos ambos. Marcas de dientes en sus brazos y manos, aun rojas,  (Lo habré mordido, sí, morder en el amor no es tan malo como al principio me lo parecía). Estuvimos ahí, desnudos frente al mar por horas. Nunca me dijo nada, sólo atento a los comentarios que hacía sobre eso, quería estar seguro de que también lo disfrutaba. 

De vez en cuando Me perfumaba los senos con las yerbas que mi madre solía recomendarme que me alejara, fumaba de todo mientras me disfrutaba y el olor pasaba de su boca a mi cuerpo. Y él, la alegría del tabaco en la barba, y tanta felicidad que desbordaba su rostro cada que se acercaba a olerme el canalillo. 

Nunca llovió cuando bajábamos al río, pero a veces el sonido de esa pequeña cascada, aun con tan poca agua, era suficiente para tapar nuestros quejidos. Cada vez comenzábamos con más y más. 

No había fin para ese interminable comienzo de cada vez que nos veíamos, así que el actuar dóciles no nos funciono por mucho tiempo. Clavaba mis uñas en su espalda mientras lo abrazaba en la tercera noche, (Lo habré mordido mientras él clavado en mí me susurraba al oído exigiéndome que lo hiciera). Siempre en algún momento se mezclaban nuestras voces si es que no teníamos nuestras bocas ocupadas ya en algo.

Podría haber durado como el cielo verde y duro encima de mis pechos, de todo mi ser durante un buen rato. Como si aún fuera joven, como si aun se encontrara en la cima de la montaña. 

Oh la luna en su cara, esa muerta caricia sobre una piel que antes solía estar caliente. ¿Por qué se tambaleaba, por qué su cuerpo se vencía como sí  jamás se fuera a levantar?
-¿Estás enfermo? Tiéndete al abrigo, deja que te cuide hasta que te sientas mejor- suplique antes de que si quiera empezáramos. Lo sentía temblar como de miedo o bruma y cuando me miró su ojos reflejaban pánico, no era una simple enfermedad, era mucho más que eso. Mis manos lo tejían otra vez buscando ese latido, ese tambor caliente y una señal de que solo fuera una mala pasada. Pero no lo era. 

Hasta el alba fui sombra fiel, y esperé que de nuevo pudiera hablar para preguntarle como se sentía. Respondió positivo pero seguía tendido en la cama. Era imposible regresar al pueblo.

Pero vino otra luna y nos tocamos y comprendí que ya se había mejorado. Y él temblaba de cólera y me arrancó la blusa como si el dinero sobrara para otra, su frustración por la noche anterior era tanta que a mi también me invadió. Lo ayudé, fui su perra, lamí el látigo esperando impaciente a que lo usara y me dejara marcas permanentes. Mentí el grito y el llanto como si de verdad su carne me estuviera desgarrando (No lo mordí ya más pero gemía y suplicaba para darle la satisfacción de al menos disfrutar de mi voz). 

Pudo creer todavía, se alzó con la sonrisa del comienzo, cuando ambos estábamos en condición de marcarnos el uno al otro. Pero en la despedida tropezó y lo ví volverse, todo mueca y felicidad en su rostro de desvanecían, estaba más enfermo que ayer y ya no podía disimularlo.

Sola en mi casa esperé abrazada a mis rodillas hasta que vinieran por mi.

El primero en acusarme fue Elliot, me acuso aun sin pruebas y quizá doliéndole, pero había los que gozábamos de hacer sufrir al que amábamos, y eso era algo que no lograba entender. Me acuso a mi, acuso a ambos con las esposa de Narciso que yo lo había mordido tanto que lo había infectado (Lo habré mordido, morder en el amor no es  tan malo como al principio me lo parecía).

La ventana entornada que da sobre la plaza donde todo comenzó  donde cenamos a la luz de la luna llena, desde ahí me verá. 

Lo morderé hasta el fin, morder en el amor no es tan malo como al principio me lo parecía.


¿Cómo es que habíamos acabado juntos Narciso y yo? Supongo que fue aquella cena en su casa (Tal vez la luna llena, la noche en que me llevó hasta su barco y me enseño el mar).

¿Qué memoria diferente tendrá el odio que sigue al violín con tanto ritmo? Porque en esas noches nos queríamos más que si fuéramos simples enamorados, eramos el uno para el otro. Él moviéndose al compás de la música y yo, dejándome poseer.

Esa noche Un pañuelo blanco y negro, me lo pasaba despacio mientras hacia que le suplicase. Nos llamábamos con nombres de animales dulces, de árboles que echan flores. Nada era lo suficiente cursi, lo suficientemente fuerte para llenarnos a ambos, ni los actos dulces ni los bárbaros.

¿Por qué, si abrazados sosteníamos el mundo contra aquellos que se oponían? Todo era perfecto.

Hasta una noche, lo recuerdo como un clavo en la boca, en que sentí que todo comenzaba a irse en nuestra contra.

Ahora ya sé que cuando llegue la mañana en que me quemen por impura lo veré por última vez. Le faltará valor para acercar la antorcha a los verdugos encargados, y a pesar de que es obligación Lo hará otro por él mientras desde su casa ignora todo lo que ve.

Miraré hasta el final esa ventana mientras encienden la fogata.